Evangelio según San Juan 1, 1-18

jn-11-18

En la lectura de hoy se nos da a conocer al Dios mismo encarnado en hombre, pero no una persona cualquiera ni nacida de la carne, sino extraída del mismo Padre. El plan de nuestro Señor es algo que no perece y durará por siempre, el recuerdo de su Salvación prometida.

Al mismo tiempo, hace poco hicieron un comentario en una de las publicaciones anteriores de mis reflexiones. Esta persona dijo que la llegada de nuestro Señor Jesucristo está aún por llegar, sin embargo, ¿cómo debemos aplicar esto? En primer lugar, hemos de recordar cómo se nos presentó este gran Dios, porque no fue de una manera espectacular ni con riquezas ni poder. Vino al mundo en forma de niño y eso lo tenemos que tener muy presente, porque se nos quiere mostrar como alguien indefenso para enseñarnos que es el amor y la inocencia lo que le mueve por encima del miedo. Entonces, si tuviera que volver, ¿no sería más lógico que lo hiciera para traer paz y misericordia a sus hijos y todos aquellos que sufren? Porque hay que recordar que aquellos que han de sufrir por sus pecados, ya serán juzgados en la otra vida y no hay ninguna necesidad de que fuera en ésta.

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