San Antonio María Claret: historia, misiones y oración para pedir su intercesión

¿Quién fue San Antonio María Claret?

San Antonio María Claret fue un sacerdote catalán del siglo XIX, incansable predicador popular, escritor, fundador de los Misioneros Claretianos y arzobispo de Santiago de Cuba. Su vida entera estuvo movida por una idea muy sencilla: no podía quedarse quieto mientras hubiera personas que no conocían el amor de Dios. Recorrió pueblos de Cataluña y de las Islas Canarias, cruzó el Atlántico para servir en Cuba y, ya al final de su vida, murió en el exilio, lejos de su tierra, con la misma fe con la que había empezado.

La Iglesia celebra su fiesta cada 24 de octubre, día de su muerte. Es un santo especialmente querido por quienes ven en la evangelización una tarea de todos los días, y su ejemplo sigue inspirando a las comunidades claretianas presentes hoy en decenas de países.

Infancia y juventud en Sallent

Antonio Claret y Clará nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent, un pueblo de la comarca del Bages, en la provincia de Barcelona. Fue el quinto de once hermanos en una familia de tejedores, gente trabajadora y de profunda fe. Sus padres, Juan Claret y Josefa Clará, le enseñaron desde muy pequeño a rezar y a mirar con respeto las cosas de Dios.

Desde niño mostró una sensibilidad espiritual poco común. Cuenta en su autobiografía que le impresionaba profundamente la idea de la eternidad y que sentía una gran preocupación por la suerte de quienes viven alejados de Dios. Esa inquietud, lejos de apagarse con los años, fue tomando la forma de una vocación muy concreta.

Siendo aún adolescente, empezó a trabajar en el negocio textil de la familia y, más tarde, en fábricas de Barcelona. Aprendió el oficio con seriedad y se hizo un buen tejedor. Aprovechaba las noches para estudiar: dibujo, grabado, gramática y latín. Aquella etapa le dejó una lección que nunca olvidó, la de valorar el trabajo manual y comprender de primera mano la vida de los obreros de su tiempo.

El camino hacia el sacerdocio

Con veintidós años sintió con claridad que Dios lo llamaba al sacerdocio y entró en el seminario de Vic en 1829. Estudió con dedicación y fue ordenado sacerdote el 13 de junio de 1835. Su primer destino fue la parroquia de su pueblo, Sallent, donde ejerció como coadjutor y después como párroco, y donde ya se percibía que su ministerio no cabía en un solo lugar.

Por entonces soñaba con ser misionero en tierras lejanas. En 1839 viajó a Roma con la esperanza de ingresar en la Congregación de Propaganda Fide y, más tarde, probó suerte con los jesuitas. Pero una enfermedad en la pierna le obligó a abandonar el noviciado y regresar a Cataluña. Lo que en aquel momento pudo parecer un fracaso terminó siendo el punto de partida: Claret comprendió que su misión estaba en su propia tierra, recorriendo pueblos y aldeas para predicar el Evangelio.

Predicador itinerante y misionero popular

Durante los años siguientes, Claret recorrió a pie y a lomos de mulas buena parte de Cataluña, y en 1848 y 1849 predicó también en las Islas Canarias. Sus misiones populares eran sencillas y directas: predicaba en las plazas y en las iglesias, confesaba durante horas, instruía a los niños y visitaba a los enfermos. Su estilo evitaba los grandes discursos y buscaba llegar al corazón de la gente corriente con un lenguaje claro y cercano.

Se cuenta que predicó miles de sermones a lo largo de su vida. Aquel ritmo de trabajo, mantenido durante años y con una salud frágil, da una idea de la intensidad de su entrega. Para Claret, cada día era una oportunidad de anunciar la Palabra, y le dolía dejar pasar una ocasión sin hacerlo.

El fundador de los Misioneros Claretianos

El 16 de julio de 1849, en Vic, Claret reunió a cinco sacerdotes con el mismo deseo de evangelizar y fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos hoy como Misioneros Claretianos. Querían ser hombres disponibles para ir donde hicieran falta, con una vida sencilla, oración profunda y devoción a la Virgen María.

Con el tiempo, la congregación creció y se extendió por muchos países. Además, Claret colaboró con Antonia París en la fundación de las Religiosas de María Inmaculada, las Misioneras Claretianas, dedicadas sobre todo a la educación y a la atención de las personas más necesitadas. Hoy ambas familias religiosas continúan su labor en numerosos lugares del mundo.

Un apóstol de la palabra escrita

Claret entendió muy pronto que la imprenta era una herramienta poderosa para llevar el Evangelio a más personas. En 1848 fundó en Barcelona la Librería Religiosa, con la que difundió millones de folletos, libros y hojas sueltas a precios muy bajos, al alcance de cualquier familia. Escribió él mismo numerosas obras de espiritualidad, catequesis y formación cristiana, entre ellas su célebre Camino recto y su autobiografía.

Su intuición fue adelantada a su época: si la gente no puede acudir siempre a escuchar al sacerdote, hay que llevarle la palabra a su casa. Por eso se le considera un pionero de la evangelización a través de los medios de comunicación.

Arzobispo de Santiago de Cuba

En 1849 la reina Isabel II lo propuso para el arzobispado de Santiago de Cuba, y aunque Claret no lo deseaba, aceptó por obediencia. Fue consagrado obispo en octubre de 1850 y llegó a Cuba a comienzos de 1851. Durante los años siguientes visitó una y otra vez su extensa diócesis, predicó en parroquias y haciendas, reformó la vida del clero, fomentó la instrucción religiosa y luchó por la dignidad de las personas más desfavorecidas.

Su defensa de los pobres y su firmeza frente a las injusticias le granjearon enemigos. En febrero de 1856, en la localidad de Holguín, un hombre lo atacó con un arma blanca y le hirió en el rostro. Claret perdonó a su agresor y pidió clemencia para él. Aquel gesto de perdón, fiel a lo que predicaba, sigue siendo uno de los episodios más recordados de su vida.

Confesor de la reina y exilio

En 1857 fue llamado a Madrid como confesor de la reina Isabel II. No buscó el cargo, y lo vivió como una carga más que como un honor. Aun así, aprovechó su posición para seguir predicando, escribir y ayudar en las obras de caridad, sin renunciar nunca a su vida austera. Se preocupó también de promover la formación de los sacerdotes y de intervenir a favor de los más necesitados.

Tras la revolución de 1868, que puso fin al reinado de Isabel II, Claret acompañó a la reina al exilio en París. Participó en el Concilio Vaticano I, donde defendió con convicción sus ideas. Ya enfermo, tuvo que refugiarse en el sur de Francia perseguido por sus adversarios políticos.

Muerte y canonización

San Antonio María Claret murió el 24 de octubre de 1870, con sesenta y dos años, en la abadía cisterciense de Fontfroide, en el sur de Francia, a donde se había retirado. Sus restos descansan hoy en Vic, en la casa madre de los Misioneros Claretianos. Según la tradición, cuando su cuerpo fue exhumado en 1897 se halló su corazón incorrupto, un hecho que sus devotos han recordado con especial cariño desde entonces.

Fue beatificado en 1934 por el papa Pío XI y canonizado por Pío XII el 7 de mayo de 1950. La Iglesia lo venera como patrono de los tejedores y de los comerciantes de textiles, una referencia a su origen humilde y al oficio que aprendió de joven.

Lo que nos enseña hoy

La vida de Claret ofrece varias lecciones muy actuales:

  • Disponibilidad: aceptó con sencillez los cambios de planes, incluso los que no había elegido, y confió en que Dios sabía más que él.
  • Cercanía: supo hablar con un lenguaje claro y estar junto a los trabajadores, los enfermos y los más pobres.
  • Perdón: respondió con misericordia a quien intentó quitarle la vida.
  • Constancia: mantuvo durante décadas un trabajo enorme, sostenido por la oración diaria y una gran devoción a María.

Oración a San Antonio María Claret

San Antonio María Claret, incansable apóstol de la Palabra, tú que recorriste caminos y plazas anunciando el amor de Dios, enséñanos a no callar lo que hemos recibido.

Ayúdanos a vivir con sencillez, a trabajar con generosidad y a perdonar de corazón. Ponnos junto a quienes más necesitan consuelo y danos un corazón abierto a la voluntad de Dios, aun cuando no la entendamos.

Por tu intercesión, que nuestra fe se haga obras, nuestras palabras sean semilla de esperanza y nuestra vida un reflejo del amor de Cristo. Amén.

Una vida al servicio del Evangelio

San Antonio María Claret fue un hombre de acción y de oración a la vez. Su historia muestra que la santidad no consiste en hazañas extraordinarias, sino en responder con fidelidad a lo que Dios pide cada día, sea en un telar, en un púlpito, en una imprenta o en una diócesis lejana. Su fiesta, el 24 de octubre, es una buena ocasión para pedir su intercesión y preguntarnos qué podemos hacer nosotros, desde nuestro lugar, para acercar a otros el mensaje del Evangelio.

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